23 de febrero de 2011
ESCRITURA
Escribe el final de este cuento, teniendo en cuenta la coherencia global del texto.
EL LORO DE MI VECINA
Había invitado a un amigo a pasar el fin de semana en su chalé, y éste se había resistido porque poseía un perro de enorme tamaño que no se atrevía a dejar al cuidado de nadie. Insistió el propietario de la casa en su invitación, argumentando que así el perro podría corretear a gusto por los jardines del chalé, y el amigo aceptó por fin el ofrecimiento.
El sábado por la tarde se encontraban los dos amigos charlando tranquilamente en el porche cuando, de repente, apareció el perro con un pájaro entre sus colmillos. El dueño de la casa de campo palideció: se trataba del loro de la vecina. El amigo arrancó al pájaro de las fauces del perro y le pidió toda clase de disculpas a su anfitrión. Allí permanecieron estupefactos los dos, mirando el cuerpo inerte del loro, sucio y lleno de tierra.
El dueño del chalé, tras cavilar un buen rato sobre tan engorrosa situación, le explicó al amigo que su vecina, la dueña del loro, se había marchado de viaje, y que con toda probabilidad no iba a volver hasta el día siguiente.
Lo mejor que podían hacer, le propuso, era limpiar el cuerpo del loro de los restos de tierra, saltar la valla de la casa de la vecina y volver a introducirlo en su jaula. En realidad, el ave no mostraba marcas de dentelladas, y debía de haber muerto asfixiado entre las fauces del perro. La mujer al regresar pensaría que se trataba de una muerte natural.
Así lo hicieron. Limpiaron cuidadosamente el plumaje, lo secaron y aguardaron a que se hiciera de noche para evitar que alguien pudiera verlos. No les resultó difícil saltar la tapia con ayuda de una escalera de mano y una vez dentro, los dos amigos se acercaron hasta el porche de la casa vecina, abrieron la jaula vacía, y metieron dentro el cuerpo inerte del loro. Volvieron sin tropezarse con nadie y por fin de regreso en su casa, el anfitrión dejó escapar un suspiro de alivio.
A la mañana siguiente, domingo, fueron despertados por los ladridos del perro y los gritos histéricos de la vecina. Se vistieron apresuradamente y corrieron a visitarla. Ella les abrió la puerta con una expresión descompuesta en el rostro y chillando de manera obsesiva:
—¡El loro, el loro! —exclamaba mientras señalaba nerviosamente la jaula.
—Bueno —comentó el amigo del dueño del perro—, los animales también se mueren. Nada es eterno.
ALBA CRIADO:
ResponderEliminar― Ya sé que está muerto ―le respondió la vecina―, pero... ¿qué hace el loro de Juanita muerto en la jaula de mi canario? ¿Y dónde está mi canario? ... ¡Ay, por Dios, alguien ha entrado en mi casa! ―se lamentaba histérica mientras les conducía rápidamente hacia el porche trasero de su chalé.
― ¡Espere, Matilde! ―exclamó el amigo del dueño del perro intentando alcanzarla―, tranquilícese, estoy seguro de que habrá alguna explicación lógica...
― Mirad ―les dijo señalando inquieta la jaula colgada en el porche―, ¿cómo ha llegado ese loro a mi jaula? ¿Y dónde está mi canario? ¡Me lo han cambiado por un pájaro muerto que no es el mío!
El dueño del perro intentó cambiar de conversación ― ¿Ha notado algo raro dentro de su casa? ¿Le falta algo? ―le preguntó.
― No que yo sepa, pero apenas he tenido tiempo para... ―la vecina vio en ese momento restos de barro y pisadas humanas en la parte de la tapia que daba al porche de su vecino. Se acercó a la zona y notó que también había huellas de perro marcadas en la tierra. Entonces empezó a sospechar de ellos.
Segundos más tarde el vecino y su amigo lograron salir ilesos de la casa de la vecina, que les amenazó con llamar a la policía, escoba en mano. Tuvieron suerte en salir de allí sin un solo rasguño, pero las consecuencias de su mentira les acabaron pasando factura.
Tal fue la ira de la vecina que la jubilada decidió emplear las largas horas de sus aburridos días en contar la maldad de su vecino a todo aquel que pasase por el barrio.
El hombre se mudó lejos de allí a la semana, y aún hoy se oyen historias en la zona sobre el famoso loro muerto de una vecina y el misterioso canario desaparecido que nadie vio jamás, ni antes ni después de la muerte del loro.
Izaskun Buil:
ResponderEliminar- ¡Claro que sí que hay algo que es eterno! El aprecio que tenemos por lo querido. Puede que se haya ido en cuerpo, pero su alma permanece entre nosotros. Lo único que me duele es no poderle ver más con mis ojos, pese a sentir su presencia...
La situación embarazosa se había convertido en algo mucho más trascendental, ya que no se trataba sólo de la pérdida de un animal sino de la soledad de aquella pobre mujer, de lo cual se sentirían culpables toda su vida.
Por ello, para ayudar a la señora a hacer más llevadera su soledad, decidieron sustiruir la compañía que le hacía el canario por la suya propia, visitándola a menudo.
Ambos entendieron que el amor es el mismo para todos, siendo quien sea el que lo siente y el que lo recibe.
-¡Este si!, mi loro era eterno. Como era tan bonito su plumaje, era listo y siempre me hacía mucha compañía, decidí disecarlo y que siempre me hacía mucha compañía, decidí disecarlo y que siempre se quedase a mi lado en su jaula.
ResponderEliminarAdemás, este loro siempre me ha traído muy buena suerte, y es por eso, por lo que decidí llevarlo conmigo en mi viaje de negocios…
-¿Y os podéis creer lo que ha sucedido? ¡Mirar a la jaula! ¡Hay otro loro muerto en mi jaula! ¡Y es el loro del vecino!
-No sé quien andará por ahí gastando bromas de tan mal gusto… Haber ahora quién le cuenta lo sucedido al vecino
- ¡Ya se que nada es eterno! Pero es que este loro ha resucitado.
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