martes, 8 de marzo de 2011

ESTILO. ANÁLISIS DE UNA SECUENCIA NARRATIVA

Hemos leído en clase esta secuencia narrativa, un fragmento de la novela "El jinete polaco", de Antonio Muñoz Molina, para analizar los procedimientos de la descripción en un texto narrativo.


¿QUÉ VISIÓN DEL MUNDO TRANSMITE EL AUTOR A TRAVÉS DE LOS RECURSOS FORMALES QUE EMPLEA?

¿CÓMO CARACTERIZARÍAMOS SU ESTILO?

Es justamente el estilo lo más interesa de este fragmento.



El texto es este:

Creció así, sometida por el miedo, alimentada por él, temiendo siempre la inminencia de la desgracia y el castigo, conmovida por las canciones de la radio y por las fotografías de galanes en blanco y negro que veía al pasar en las carteleras de los cines, pues hasta mucho tiempo más tarde, cuando tuvo novio formal, no pudo ver ninguna película, y aun entonces sus padres la obligaban a ir escoltada por sus hermanos menores, que la llamaban a gritos desde el gallinero y les tiraban a ella y a su novio, mi padre, cañamones y cáscaras de pipas, y los seguían por la calle Nueva cuando se paseaban, sin tomarse nunca del brazo, casi sin dirigirse la palabra, rígidos con sus ropas de domingo, callados y torpes, inhábiles para decirse las palabras que decían los hombres y las mujeres en las películas y en las novelas de la radio, las que él mismo le escribía en sus cartas de amor cuando la estaba pretendiendo. Tenía ya dieciséis o diecisiete años y el miedo infantil se había trasvasado intacto a las incertidumbres de la adolescencia, el miedo y también el sentimiento de no merecer nada y de vivir para siempre en una perpetua postergación en virtud de la cual le estaban prohibidos los deseos y los modestos privilegios que pertenecían a las otras muchachas, las mismas a las que había visto jugar en la plaza de San Lorenzo tras los visillos de las ventanas o desde la puerta entornada de su casa y que ahora salían los domingos con zapatos de tacón y con los labios pintados y no enrojecían bajando la cabeza cuando un hombre las miraba. Se levantaba antes de amanecer, traía del último corral una brazada de palos para encender la lumbre, temblaba de miedo cuando oía en las escaleras los pasos y la tos de su padre, preparaba la fiambrera con su comida para el campo, calentaba la leche a sus hermanos, medio dormidos todavía, obedeciendo al padre con un terror silencioso, resignados a no ir a la escuela y a trabajar hasta la noche con una furia desesperada de adultos, sacando el estiércol de la cuadra, aparejando a los mulos, cargando en ellos las azadas o las varas, ya vestidos para siempre de hombres, con chaquetas viejas y boinas y pantalones de pana. Sacaba agua del pozo, preparaba los cántaros para ir a la fuente antes de que se llenara de mujeres, ponía frente al fuego la silla donde un poco después se sentaría su abuelo, que se levantaba un poco más tarde para no encontrarse con su yerno, y cuando Pedro Expósito bajaba ya le tenía preparado un tazón de leche caliente y un gran pedazo de pan que él compartía con su perro, ofreciéndoselo desmigado en la palma de la mano, sentados los dos al calor de la lumbre, indescifrables y viejos, mirándola moverse sin tregua para fregar los platos sucios o barrer la cocina, para traer otra brazada de leña a la lumbre, muy frágil, la imagino, con su pelo ondulado y su cara redonda, como en las fotografías, frágil y enérgica, debilitada por el hábito del hambre y la crueldad del trabajo, con esa gravedad excesiva que hubo en todos ellos desde el final de la infancia, con alpargatas de lona, con un mandil de su madre atado a la cintura, haciendo las camas demasiado altas para ella y limpiando el polvo y vaciando los orinales, levantando luego a sus hermanos más pequeños, lavándoles las caras y vistiéndolos para ir a la escuela mientras mi abuela Leonor tejía con velocidad incesante esteras de esparto en el portal y mi bisabuelo se quedaba mirando las ascuas de la lumbre como si viera en ellas la extensión infinita de su vida, las catástrofes y los resplandores, la oscuridad de su origen y de las penalidades que pasó en la guerra de Cuba, Pero él nunca hablaba de eso, y cuando pienso en todas las voces que han modelado mi imaginación noto entre ellas la ausencia de la suya y no soy capaz de intuir cómo sonaba, lenta, supongo, muy suave, dice mi madre, hablaba tan bajo que era muy difícil entenderlo, con el mismo sigilo con que se movía o se quedaba tan quieto durante muchas horas que era posible olvidar que aún estaba allí, sentado en el escalón de la puerta, con las manos enlazadas sobre las rodillas, con una brizna de paja o de hierba entre los labios, y esa mirada lejana que se ve en la foto de Ramiro Retratista y que oculta su memoria tan definitivamente como mientras vivía la ocultó su silencio: dormitorios lóbregos en un orfelinato, amaneceres de desconsuelo infantil, agua fría en la cara, manos frías de monjas y rumores de tocas, hace más de un siglo, en un tiempo sin huellas que sin embargo extiende sus hilos desde la oscuridad para llegar a mí y es una parte en la urdimbre de mi vida, el hombre y la mujer que lo adoptaron cuando tenía cinco o seis años y a los que llamó siempre sus padres, incluso cuando alguien vino a decirle que si quería conocer a su verdadera familia heredaría mucho dinero y no tendría que seguir trabajando a jornal en el campo: imagino la expresión de su cara y el modo en que miraron sus ojos al emisario, primero sin responder nada, sin creer del todo lo que estaba escuchando, luego ladearía un poco la cabeza, miraría al suelo, con un gesto tal vez parecido al que tiene en la única foto que le hicieron en su vida, y diría muy suavemente: «A mi familia ya la conozco. Los que me abandonaron no son nada mío.»
Antonio Muñoz Molina, El jinete polaco.

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